El miedo y los niños

Hoy hablaremos del miedo en los niños, una de las demandas habituales en la consulta de psicología clínica infantil, y que en ocasiones viene “disfrazada” de problemas de conducta.

El miedo es una emoción normal y necesaria, que nos ayuda a sobrevivir ante los peligros, por lo que tiene una función adaptativa. Cuando este miedo es desproporcionado, interfiriendo así nuestra rutina y nuestra vida, se convierte en desadaptativo.

Las manifestaciones del miedo se dan en 3 esferas: física (lo que sentimos), cognitiva (lo que pensamos), y conductual (lo que hacemos); y varían en función de cada persona y situación. Las manifestaciones del miedo también se diferencias de niños a adultos, por lo que tenemos que aprender a “escuchar” lo que “nos dicen” esas manifestaciones, “lo que esconde la clínica”.

Sin título-1Lo primero que tenemos que saber sobre el miedo, es “que es normal” y que estamos “programados” para sufrir diferentes tipos de miedos a lo largo de nuestro desarrollo (miedos evolutivos).

Además, podemos “heredar” miedos de nuestros padres (que funcionan como modelos), o bien aprenderlos desde pequeños (“no te metas eso en la boca, caca”). En otros casos, el miedo es aprendido o condicionado por una experiencia real vivida por el niño (p.ej. un niño que sufre un atragantamiento mientras come, puede desarrollar miedo a tragar, y por lo tanto evitar comer), o vista en otro (p.ej. ver cómo un niño se atraganta comiendo, puede generar miedo a que le pase a el lo mismo).

Tener miedo es normal y, cuando tenemos miedo, lo normal es que se manifieste de alguna forma, pero el cómo reaccionamos a los miedos, en este caso, de los niños, puede generar más miedo. Imaginemos un niño que tiene miedo a dormir sólo. Para que pueda dormir y descansar bien, y además “protegerlo” del sufrimiento, dormimos con el. El miedo desaparece (no se manifiesta), el niño se siente seguro y protegido y duerme tranquilo. ¿Ha superado el niño su miedo a dormir sólo?miedo-a-la-obscuridad No solamente no lo ha superado, sino que se va haciendo más grande, y cuando pensamos que ya no tenemos que dormir con el, observaremos que la manifestación es ahora mucho mayor, generando mayor sufrimiento al niño. A largo plazo, no solo aumentamos el miedo sino, que generamos una reacción en cadena en la que al niño “le compensa” tener miedo, ya que evita el tener que enfrentarse a el, y por lo tanto sufrir, al mismo tiempo que tiene mucha más atención de sus papás, y puede tener el premio de dormir con ellos. Es decir, tener miedo “tiene premio” (dormir con los padres y evitar sufrir), mientras que ser valiente y enfrentarse a dormir sólo “tiene castigo” (no dormir con los padres y sufrir).

La intervención en los miedos, cuando estes son desadaptativos y nos interfieren en nuestra vida diaria, pasará por enfrentarnos a ellos. De esta forma, tocaría “sufrir” a corto plazo, para a largo plazo sentirnos más seguros e independientes.